A mi nunca se me ha dado nada bien. No es que no haya tenido oportunidades, o que nunca lo haya intentado. No es que no tenga ganas de alcanzar una meta y, poder decir, de una vez por todas, “lo conseguí”. Quizás suene a cliché, o quizás esto no sea más que el prólogo de una reseña más, en una web más, vista a través de una red social más, que tendrá su breve momento de gloria para luego permanecer en el olvido. Quizás, el problema que siempre he tenido es que no confío en mí mismo. Nunca sé que está bien y que está mal. Nunca sé si lo que hago merece la pena. Joder, no sé ni si voy a acabar de escribir esto.

Sé que no todo el mundo es así. Existen personas que, lejos de mi comprensión, son capaces de fallar, una y otra vez, y se levantan sin descanso. Que harían lo que hiciese falta para conseguir lo que tanto quieren. Que día a día luchan por mantenerse a flote. 

Probablemente, a estas alturas habrás dejado de leer la reseña, o te estás preguntando qué de qué va este tío. Batman: Ego es un gran cómic, pero en el fondo, es una historia sobre uno mismo. Y cada vez que termino de leerlo, no puedo evitar pensarlo: yo soy Bruce Wayne y, “el otro tío”, es Batman.

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Batman: Ego arranca con Batman, malherido, esperando a un criminal del montón en uno de los puentes de salida de Gotham por el que sabe que pasará. 27 horas luchando contra el Joker bajo el pretexto de un atraco a un banco que no impidió que se cobrara las 27 vidas que estaba dispuesto a sacrificar para atraer la atención del murciélago. Aunque claro, todo comenzó el día anterior, cuando había tenido una charla con Buster Smibbs, uno de sus matones, para que le dijese el paradero del Joker. Con el enemigo bajo arresto, Buster iba a intentar huir de la ciudad, con el dinero del banco… por ese mismo puente.

Buster llega a toda velocidad, y justo cuando Batman está apunto de caer sobre él, detiene el coche. Poco a poco, empieza a subir las escaleras que le llevan a lo alto del puente, y desde allí, mira hacia la profundidad de las aguas. Antes de que pueda reaccionar, salta. Batman consigue atraparle del pie con el gancho, aunque la maniobra le cuesta otro duro golpe totalmente ensangrentado.

El criminal saca una pistola y amenaza con ella a Batman, mareado ante la pérdida de sangre. No puede entender como, ahora que el Joker está encerrado, quiere suicidarse. Sin embargo, Buster le abre los ojos: el Joker, más pronto que tarde, saldrá de donde esté, y lo primero que hará será ir a buscarle por haberle traicionado. Sin pensárselo ni un segundo más, dirige el cañón de la pistola a la sien… y aprieta el gatillo.

La culpa corroe al hombre murciélago, que conduce a la batcueva con la rabia golpeándole la nuca. Ante el retrato de sus padres, Bruce entiende que no puede seguir siendo Batman. Tras veinte segundos de paz, una voz brutal inunda la cueva: Batman no está dispuesto a morir y ha venido a ver a Bruce para convencerle.

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¿Cuál es el gran punto fuerte de Batman: Ego? Contar con un enorme Darwyn Cooke al guion y a los lápices. El canadiense, aunque ya había trabajado en el mundo de la animación superheróica dentro de la serie de Las nuevas aventuras de Batman, irrumpía en el cómic con una historia que llevaba rondándole casi diez años.

Este seria el inicio de una (desgraciadamente) corta carrera en el Noveno Arte, que nos dejaría otras joyas como su rediseño de Catwoman junto a Ed Brubaker, La Nueva Frontera, Antes de Watchmen: Minutemen, o Los hijos del Crepúsculo. Darwyn Cooke moriría en 2016 dejando un enorme legado a su espalda, comparable tan solo con otros grandes nombres del cómic. Y, aunque ya no esté, su obra habla por él.

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Batman: Ego está narrada como un cuento, en el que un viejo fantasma visita a nuestro protagonista para mostrarle recuerdos felices, duras batallas y, especialmente, motivos para rendirse. El cómic prácticamente es un diálogo entre Bruce Wayne y su sombra; un tira y afloja en el que el hombre murciélago irá exponiendo, paso a paso, los motivos por los que Bruce debería dejarse llevar definitivamente. Porque Batman, lejos de ser un símbolo de esperanza, podría convertirse en algo más. En un justiciero que, por fin, matase al Joker, a Dos Caras, a todo aquel que se cruce en su camino. Los criminales no merecen piedad. Y menos después de hacer sufrir.

Porque, por mucho que Bruce se esfuerce, por mucho empeño que ponga, su regla de no matar no hace si no que condenar a la muerte a más y más inocentes. ¿Cuánta gente ha muerto a manos del Joker desde que, accidentalmente, el propio Batman lo creo? ¿De verdad es mejor perdonar a quienes no tienen piedad, y dejar que vuelvan a asesinar sin ningún tipo de escrúpulo? ¿Qué línea tienen que pasar para que Batman los detenga de una vez por todas?

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Utilizar a Batman como el fantasma de la Navidad que tanto asustaba a Scrooge funciona tanto como idea innovadora como de hilo conductor. Y aunque el final quizás peque de conservador, sabe utilizar muy bien sus puntos fuertes y dejarnos una fábula que, como los buenos cuentos, deja moraleja: si te domina el miedo, acabarás convirtiéndote en lo que no eres.

Cooke maneja con cuidado los puntos fuertes de su discurso y reserva unas preciosas splash-pages como refuerzo visual a cada revelación. La discusión entre Batman y Bruce sirve como pretexto, como unión entre los diferentes golpes de efecto de la trama, reafirmándose una vez más en tratar de salvar a ese Bruce Wayne que acaba de salir de las garras del hombre murciélago.

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El estilo de dibujo de Darwyn Cooke, cercano al cartoon y a la técnica de claroscuro, arranca con serios problemas: un suicidio dentro de un dibujo animado suena tan contraproducente y choca de tal forma que pierde el sentido. Sin embargo, al dejar atrás el realismo duro y adentrarnos en el terreno de la fantasía, es cuando texto y líneas fluyen como uno solo.

Y es entonces, cuando lo terminas, cuando descubres que también hay una parte de Batman en ti. Un ser insaciable, incansable, que no se detendrá ante nada ni nadie. Podrán llamarte egoísta, egocéntrico, presuntuoso; y solamente tu creerás que estas haciendo lo correcto.

¿Es Batman: Ego una buena historia del hombre murciélago? No, si la entiendes como tal. Es un retrato intimista sobre un niño que vió morir a sus padres en un callejón, que juró venganza frente a una vela en la oscuridad, y que todas las noches confía en no sobrepasar su código moral para no convertirse en uno de ellos. Quizás, tendríamos que reformular la pregunta. Quizás, nos deberíamos preguntar si Batman: Ego es una historia hecha para entender a Batman. Y, quizás, la respuesta también cambiaría.

Batman: Ego, incluida dentro de la línea Grandes Autores de ECC Ediciones junto a un par de historias más de Darwyn Cooke, cartoné, 208 páginas, 20’90€.

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Batman: Ego

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