En las últimas semanas (en realidad es un tema cíclico y eterno) las redes sociales han reabierto el debate sobre las responsabilidades de la ficción. A título personal, yo, Jorge Sánchez, historiador del arte recién graduado, cinéfilo, lector compulsivo e intento de escritor, no tengo dudas:

Sí.

Antes de que huyáis despavoridos del artículo, dadme una oportunidad y dejad que os explique con ejemplos comiqueros, porque es un tema gris y lleno de matices. De acuerdo, ¿Tenéis la mente abierta? Vamos allá.

En primer lugar, una aclaración terminológica. ¿Es lo mismo “responsable” que “culpable”? No, son conceptos parecidos y que muchas veces, en el día a día, se usan como sinónimos; sin embargo, son distintos. La diferencia radica en los matices: por un lado, el culpable escoge y busca el resultado; mientras que el responsable no lo busca activamente. Por otro lado, la culpa se entiende como algo total y global, sin matices; en cambio, la responsabilidad es una parte de un todo. Por último, la culpabilidad es unidireccional y casi siempre peyorativa y, por lo general, la responsabilidad puede resultar tanto positiva como negativa. En este artículo hablamos de responsabilidades (en plural y sin artículo), no culpabilidad.

“Si es solo ficción”. El eterno argumento que se sujeta en un adverbio mal colocado. Y en parte tienen razón. El componente del lector (o espectador) es importante y se debe tener en cuenta. PERO, como he dicho en el párrafo anterior, no hablamos de culpa total, sino de responsabilidad parcial, y ésta puede ser ínfima, casi inexistente, pero existe. Y para verlo más claro voy a poner tres ejemplos:  The Wicked + The Divine de Kieron Gillen, Jamie McKelvie y Matt Wilson; la dupla Sandman de Neil Gaiman y Promethea de Alan Moore y J.H. Williams III; y el inesperado dúo Cuéntalo de Laurie Halse Anderson y Emily Carroll y La Levedad de Catherine Meurisee.

El primer cómic es una historia de fantasía donde los dioses se reencarnan cada 90 años en estrellas del pop. Con esta premisa, Gillen, como hizo ya en Phonogram (un cómic donde la música es magia y cuya contraportada reza “¿Alguna canción te ha cambiado la vida? ¿Te has preguntado cómo?”), habla de la influencia de la música y cómo puede transformar a una persona. La diferencia entre ambas obras radica en el punto de vista: en WicDiv vemos la cara A, los artistas y creadores, y en Phonogram la cara B, los consumidores y los fans. El arte, la ficción, transforma a las personas para bien o para mal. Pero esta idea no es nueva, siempre se ha hablado de la magia del cine…

No obstante, de eso solo se habla cuando la consecuencia es positiva. Cuando es negativa se esconde o, peor aún, si es despreciable, se desentienden culpando al consumidor. Además, como apunta el guionista británico, la religión no deja de ser una gran ficción que ha cambiado las vidas de millones de personas para bien o para mal a lo largo de miles de años ¿no?

Así que la pregunta es: ¿Dios es real?

Quizá sobra el adverbio.

Pero, ¿por qué sucede? ¿Por qué tinta en un papel puede transformar a una persona?

La respuesta a esa pregunta se puede encontrar en otros dos cómics de guionistas británicos: Sandman de Neil Gaiman junto a una lista innombrable de artistas y Promthea de Alan Moore y J.H. Williams III. Ambas tratan con las encarnaciones de conceptos abstractos: en el caso del autor de Watchmen, Promethea, la encarnación de la imaginación, será la encargada del traer el Apocalipsis, entendido por el barbudo de Northampton como una transformación radical del mundo, no como su fin. En cambio, el escritor de American Gods y Buenos Presagios cuenta la historia de Morfeo de los Eternos, encarnaciones de las principales fuerzas de la condición humana.

Ambos cómics abordan la diferencia entre ficción y realidad, Gaiman a través de los sueños, Moore a través de la imaginación; sin embargo, los dos guionistas concluyen lo mismo: las ficciones y la realidad parten de las mismas bases emocionales y psicológicas. Cuando leemos un cómic empatizamos con los personajes, somos los personajes, vivimos las historias. Todo ello porque la ficción, si se hace bien, tiene los mismos elementos que componen la realidad, siendo la única diferencia que ésta se percibe a través de los sentidos y se reorganiza en el cerebro, mientras que la primera se genera directamente desde la mente. Por eso reímos, lloramos, nos enfadamos, nos horrorizamos, aprendemos y nos emocionamos con el arte. Si el arte fuese solo ficción, si hubiese una barrera insalvable, no reiríamos, no lloraríamos, no nos enfadaríamos, no nos horrorizaríamos, no aprenderíamos y no nos emocionaríamos con el arte.

Todo eso sucede porque nuestro cerebro (y, por extensión, nosotros), no sabe distinguir entre qué es real y qué no. Puede que a un nivel consciente podamos distinguir entre ficción y realidad, pero la mente humana es profunda y misteriosa, con muchos niveles subconscientes que no podemos controlar. A través de la ficción se normalizan conductas, pensamientos sociales, ideales, formas de hablar y vestir, peinados y un largo etcétera, todo ello sin darnos cuenta de todo, de manera subconsciente.

Aquí quiero hacer un breve paréntesis para hablar del género superheroíco. En él la identificación del lector es muy fuerte por los ideales. Los superhéroes son lo que nos gustaría ser y los villanos lo que no nos gustaría ser. Los ejemplos más claros son Superman, el Capitán América o Wonder Woman. El primero es un ser casi perfecto, sin debilidades, que trae bondad al mundo, que siempre escoge la opción buena. El segundo es un soldado que lucha sin armas, solo con un escudo, para defender su país y sus ideales. La última es una amazona que busca doblegar el patriarcado. De la misma manera los grupos superheroícos, como Vengadores, Guardianes de la Galaxia o la Liga de la Justicia, crean un sentimiento de pertenencia al mismo. Un género de ficción que vive no solo de la empatía y la identificación, sino de las aspiraciones ideales, de nuestros deseos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y por último, para ilustrar la influencia de la ficción sobre la realidad, voy a hablar de dos cómics que, casualmente, tratan el mismo tema: el arte como terapia. Cuéntalo de Laurie Halse Anderson es una novela semibiográfica adaptada al cómic junto a Emily Carroll que traslada su experiencia tras sufrir una agresión sexual. En esta historia, las clases de arte ayudan a canalizar sus emociones.

Por otro lado, La Levedad de Catherine Meurisse es una obra también autobiográfica sobre la experiencia posterior al ataque terrorista a la revista Charlie Hebbdo, donde trabajaba, y la búsqueda de la belleza y la contemplación de arte.  Ambas obras son dos caras de una misma moneda, como lo eran Phonogram y WicDiv, una desde el punto de vista creador, la otra desde el consumidor. En sendas obras, el arte se muestra como la solución a un problema emocional grave y profundo. Si hubiese una barrera real entre la ficción y la realidad, el arte no podría ser la solución.

 

Es innegable que la ficción tiene mucha influencia sobre la realidad y sobre las personas. Como dice Brian K Vaughan en Saga (otro cómic donde la ficción tiene mucha importancia en la trama y los personajes) “¿Por qué piensas que las historias inventadas nunca han provocado víctimas reales? Meter ideas nuevas en la cabeza de otra persona es un acto agresivo, y los actos agresivos tienen consecuencias”. Por tanto, como todo aquello que tiene consecuencias, hay que tener cuidado. Al fin y al cabo, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” ¿no?

Y, ¿hay algún poder mayor que cambiar cómo piensa o se comporta una persona?

Como sé las reacciones que puede causar el último párrafo: “ya están los ofendiditos”, “no se puede hacer nada”, “eso es censura”, etc. Quiero decir que no hay tabús ni temas prohibidos, depende del contexto y la obra. No se trata de negar la existencia de obras de arte – especialmente si se realiza desde las autoridades. Se trata de establecer la misma vara de medir para lo bueno y para lo malo; de ser conscientes del poder de la ficción y no despreciarlo; de señalar los aspectos problemáticos y promover que los cómics, películas y obras de arte aprovechen los valores educativos que nos ofrecen. Se trata de dejar de justificar mensajes tóxicos en la ficción; de preguntarse a quién beneficia que la ficción sea solo ficción; y de romper el prejuicio de que es solo entretenimiento y de que el arte no puede cambiar el mundo.

Porque puede.

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¡ES SOLO FICCIÓN!

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