Me gusta la rutina, el costumbrismo o como prefieras llamarlo. Estoy harta de decir que la tranquilidad está infravalorada, quiero beberme el vasito de leche de avellanas cada mañana tranquila y sin mirar nerviosa el despertador. Además, tengo que decir que siempre he sido muy observadora, me fijo de manera inconsciente en cosas que en principio parecen tonterías, o recuerdo momentos en los que no pasó nada y que voy metiendo en carpetas imaginarias en mi mente siendo así víctima de mi propia memoria y mente pareciendo una persona que pasa largas horas en las nubes. Por ejemplo, recuerdo perfectamente que ropa llevaba el primer día de instituto (y conservo esa camiseta, Marikondo no vas a poder conmigo), la cara del señor borracho que se sentó a mi lado la primera vez que salía de la península y volaba sola (estas cosas solo pasan en cierta compañía low cost) o el momento en el cual sentí que no encajaba. No me malinterpretéis, me encantan las historias de altos vuelos, de los populares, del quarterback guaperas (aunque no voy a mentir, al final me llego a cansar de tanto protagonismo), esas donde al protagonista le salen las cosas rodadas y parece que tenga una flor en el culo pero la vida (al menos la mía) nunca ha sido así. Cada vez que me pasa algo bueno mi mente catapulta una sensación de alarma sin ningún motivo aparente, esperando que pase algo mucho peor como si se tratase de un efecto mariposa chungo. La llegada de La soledad del dibujante a mis manos en forma de regalo navideño puede que sea una de esas cosas que precipitan centenares de acciones en una isla perdida al otro lado del mundo. O no.

Este tebeo que bien podría ser una libretilla moleskine pretende mostrarnos la vida de Adrian Tomine, autor californiano ya de sobra conocido por su estilo, ganador de un Premio Harvey como Joven Talento. En su última obra, aúna un compendio de conversaciones, charlas, visitas a librerías y pensamientos para configurar lo que implica su vida en estos momentos y mostrar luces y sombras de una profesión muchas veces minusvalorada como la de dibujante de cómics.

El tebeo ya desde el principio estaba pensado que se pareciese lo máximo posible a una moleskine, no se si a mi edición le falta la gomita característica del cierre pero el resto de detalles como las cubiertas interiores, la cuadricula (un acierto) sobre los que dibuja o hasta la textura están clavados. Cualquiera se resiste a estos detallitos. El dibujo es fantástico, no acepto objeciones en este sentido. Tomine pese a que pueda ser un poco gruñón o naif, también tiene un lado dulce (especial atención al susto que nos cuenta al final del tebeo) y honesto con su estilo característico.

¿Qué se siente al ser uno de los dibujantes más famosos y reconocidos? Eso es como ser el jugador de bádminton más famoso del mundo. Con esta cita ya se marca hacia donde va el tono de esta historia donde se nos muestra que a pesar de ser uno de los autores independientes predilectos, el autor mimado de los indies, la realidad es que prácticamente nadie le reconoce e incluso no se toman la molestia en aprender a pronunciar bien su apellido.

A mí, una pesimista desde el mismo momento en que nací (mirad la importancia de ser negativa en determinados casos lo importante que está siendo este año), este tono triste melancólico me gusta. Me siento identificada (pese a no poder dibujar ni una triste mariposa) con el artista, con sus miserias, sus picos de felicidad y lo que es peor, el temido síndrome del impostor (y me pasa hasta ahora reseñando esta obra, pensando que nadie la va a leer o que el posible lector creerá que soy una repelente que no sabe de que habla). Creo, y no es la primera vez que leo que alguien se refiere a él de esta manera, que Tomine es un poco hipersensible. Lo entiendo, se ha pasado la vida persiguiendo algo (no voy a decir su sueño porqué esto no es un episodio de Glee ni una taza de Mr. Wonderful) y se ha dado cuenta al llegar que igual sus expectativas eran muy altas, que sí, que está genial trabajar en algo que te guste pero no le van a reconocer como a una celibrity cualquiera. La realidad le ha dado una colleja, por decirlo de alguna manera.

Tomine nos deja entrar durante un ratito al interior de su cabeza, compartiendo así parte de su ansiedad constante, documentando su vida y momentos vergonzosos, pero también algunos con los que es muy fácil empatizar y un par con los que te alegras de que le vaya bien a esta estrella del dibujo independiente. Como me suele pasar, lo leí de una sentada mientras se enfriaba el té que me había preparado y del que me olvidé al pasar las primeras páginas.

 

Una replica prácticamente exacta de una libreta moleskine sobre cuadricula por 21’90 € de la mano de la gente bonica de Sapristi.

¡Compártelo!
  • Autor de la entrada:
La soledad del dibujante

Deja una respuesta