Siempre ocurre algo extraño al leer un slice of life japonés. Por definición, el slice of life trata de mostrar, literalmente, un “pedazo de vida” de uno o varios protagonistas, haciendo especial énfasis en esos fragmentos, o episodios, que serían susceptibles de convertirse en elipsis para cualquier otro tipo de obra. Tenemos numerosos ejemplos en el cómic moderno, desde Los combates cotidianos, del francés Manu Larcenet, hasta la maravillosa Giant Days orquestada por John Allison. Sin embargo, el slice of life japonés tienen una diferencia innata: el ritmo.

Si el ritmo de lectura de una publicación japonesa ya varía con respecto al occidental (véanse esos momentos en los que el protagonista se pone “intensito” que se alarga por varias páginas, aunque simplemente este diciendo una frase), pausar todavía más el ritmo de la narración debería convertirse en algo interminable… pero ocurre justamente lo contrario. Aki Irie no utiliza pausas dramáticas, ni necesita varias páginas para expresar un sentimiento. Todas las escenas son igualmente importantes, independientemente de lo que este ocurriendo.

Más adelante volveremos sobre este punto del ritmo, pero de momento centrémonos en la trama de Sigue las nubes al nornoroeste (Hokuhokusei ni Kumo to Ike). Aki Irie nos cuenta la historia de Miyama, un joven japonés afincado en Islandia con un extraño don que descubriremos nada más abrir el cómic. Tirado al lado de la carretera, con un viejo jeep volteado sobre el que está sentado nuestro protagonista, tiene lugar el primer diálogo entre el joven y el automóvil. Miyama es capaz de comunicarse con cualquier aparato eléctrico, lo que provoca una mezcla extraña entre esa cotidianidad y las pinceladas fantásticas. Extraño, pero increíblemente plausible.

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Miyama vive en Islandia con su abuelo, Jack, desde que sus padres murieron en Japón, y poco a poco se ha ido adaptando al frío país. Allí trabaja de investigador, yendo de aquí a allá utilizando sus poderes para realizar pequeños encargos con los que pagar su estancia. Aunque vaya por la vida de tipo duro, Miyama no es más que otro adolescente que, desesperado, sigue buscando a su hermano desaparecido.

Cuidado, eso sí, con la frenada que supone el segundo tomo. Después de las revelaciones frenéticas y los precipitados acontecimientos del final del primer volumen, el lector puede encontrar sorprendente… que Aki Irie dedique todo el segundo para enseñarnos qué es Islandia. La visita de Kiyosh, un viejo amigo de Miyama, servirá como pretexto para que aprendamos geografía, economía, historia y, en definitiva, el estilo de vida islandés.

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Y, aunque al lector le pueda impresionar que un seinen como Sigue las nubes al nornoroeste dedique gran parte de su trama a difundir y enseñar, hay que saber mirar más allá. La mangaka nos está enseñando como es realmente Miyama, de que pasta está hecho más allá de ser un investigador taciturno. Y, más adelante, ya retomará la trama del espionaje y el misterio, pero de momento, decide centrarse en desarrollar a un personaje que, lejos de este paréntesis, no sería más que otro avatar genérico. Básicamente, no le importa sacrificar el ritmo, si con ello desplaza nuestra atención hacia los personajes.

¿Funciona entonces a nivel de guion? Como un tiro. La autora sabe llevar el misterio, y consigue crear un personaje interesante, no solo por sus actos, sino también por su energía. El resto de secundarios que le acompañan, aunque estén al servicio del desarrollo de Miyama, consiguen tener su propia personalidad, sus más y sus menos.

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El dibujo de Aki Irie es limpio y fino, y lo más importante; es capaz de transmitir no solo las emociones que se ven, sino también las comedidas. No desperdicia una página, no deja pasar por alto una escena. Y no solo conseguir ese intimismo es uno de sus puntos fuertes, sino también el recrear (y que consigamos creerlo) Islandia, un país tan lejano al oriental.

Aki Irie crea un relato a caballo entre el thriller y el realismo mágico que casa sorprendentemente bien, no solo por la ambientación, sino también por la construcción de personajes y el sentido del ritmo, aderezado con un estilo de dibujo en el que consigue transmitir más allá de lo que a simple vista podemos ver.

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Sigue las nubes al nornoroeste, en una edición de Norma Editorial preciosa (parece una chorrada, pero me encanta la textura del papel de la sobrecubierta), unas 220 páginas por tomo en blanco y negro, a 8’50€ los dos primeros, 9€ el tercero.

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Sigue las nubes al nornoroeste 1-3

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