No es a menudo que me apetece empaparme de pesimismo existencial, pero volvería una y otra vez a Sonámbulo y otras historias, el cómic que me presentó a Adrian Tomine y que hizo que se convirtiera en uno de mis autores favoritos.  Recoge los cuatro primeros volúmenes de Optic Nerve; dieciséis relatos breves que nos hablan de soledad, fracaso, decadencia, decepción, incomunicación y una larga serie de palabras que dibujan una realidad asfixiante e incómoda con un trasfondo poético.

Son historias de exasperación en el contexto de la claustrofobia urbana, protagonizadas por outsiders infelices y descontentos con su existencia, pero a la vez incapaces de reaccionar ante esta situación. Me pregunto por qué nadie está haciendo nada para evitar esto: la impotencia ante una verborrea de insultos en el transporte público, un joven indefenso ante el ataque brutal de un conductor enfurecido, un hombre que pierde el avión y deambula por su ciudad incapaz de llamar a su mejor amigo o a su pareja. Todos ellos buscan la forma de sobrevivir en un mundo en el que no se sienten cómodos.

El relato breve se convierte en el formato ideal para situar personajes sin identidad en escenarios comunes –carreteras, copisterías o pisos de alquiler– y hacer nacer en ellos la incomodidad, la impotencia vital que todos hemos sentido en un momento u otro. Los cuentos de Tomine son breves pero afilados, sean historias de quince páginas sobre un lánguido trabajo de verano o un poema visual de cuatro viñetas relatando una muerte accidentalmente patética. Al encontrarme ante estas tragedias cotidianas de tintes existencialistas no podía dejar de pensar en Demasiada Felicidad de Alice Munro o Nine Stories de Salinger. Todos ellos consiguen retratar una realidad incómoda en la que, si nos atrevemos a escarbar, encontramos una poética inesperada.

Para retratar esta cotidianidad flácida e insatisfactoria –pero no vacía de emociones intensas–, Tomine apuesta por una narración insinuadora y elíptica que, en vez de satisfacernos con respuestas, nos conduce hacia finales ambiguos y anticlimáticos. La voz en off que conduce la mayoría de sus relatos –y que se ha ido puliendo a lo largo de su obra– se limita a representar el malestar interior de los protagonistas, su inamovilidad y paranoia, siempre buscando un cierto aire enigmático que impregna todo el recopilatorio. Tomine nos convierte en intrusos en la miseria privada de individuos anónimos con los que empatizamos desde la primera viñeta, a pesar de no saber nada de ellos.

A diferencia de algunas de sus obras actuales, este Tomine se ciñe a un solo estilo que impera en cada página. Cuadrículas en blanco y negro, un trazo limpio pero con la aspereza del underground, un realismo sucio y de manchas negras que huye del preciosismo y apuesta por el minimalismo. Todo recae sobre las expresiones de los personajes –rostros decaídos, imperfectos, y normales– y el contraste entre luz y sombra: a pesar de que en algunos relatos podemos  encontrar matices de gris, el negro se convierte en la base del lenguaje visual de Tomine. En Sonámbulo abandona a su protagonista en plena noche mientras espera una grúa tras ser dejado por su novia; en Caída, el vacío devora al padre del narrador. Las manchas negras le dan a sus viñetas una poética abstracta e incómoda, y es sobre este pulso que se construye Sonámbulo y otras historias: negro, realismo sucio y caras tristes.

En Sonámbulo y otras historias podéis leer al Tomine más primigenio por 13.90€ de la mano de Ediciones La Cúpula.

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Sonámbulo y otras historias

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