Hubo un tiempo en el que de los peores momentos emergían personas valientes. Y hablo en pasado porque dudo que hoy ninguno de nosotros se jugase un dedo por su vecino. Hubo un tiempo, como  los tiempos de Albert Goring,  dónde el miedo descosía las entrañas. Hubo un tiempo en el que de los peores momentos, muertos de miedo, bien jodidos, sin nada, emergía la humanidad.

Si hablamos de aquellos tiempos y de aquellos héroes anónimos se nos viene a la cabeza el nombre de Oskar Schindler y su oscarizada lista, pero tenemos otros ejemplos más cercanos. Como el zaragozano Ángel Sanz Briz, más conocido como el ángel de Budapest, y que dejaría a Oskar cual aprendiz, o Albert le Lay que se jugó el pellejo como jefe de aduanas en la estación fronteriza de Canfranc. Por favor visitad la fascinante estación de Canfranc en el pirineo oscense, Le Lay, junto con los vecinos del pueblo, se la jugaron, ¡vaya si se la jugaron!

Y lo que nos trae Ponent Mon en este díptico es una de esas intrahistorias de la historia. En este caso  la protagonizada por Albert Goring. ¡Sí, el hermano del temible Hermann Goring!

Al guion tenemos a Arnaud Le Gouëfflec que es un tipo que tan pronto te escribe un cómic, una novela, como te compone una canción. Un activista de la cultura fundador del festival de música de Brest. A los lápices tenemos a Steven Lejeune, nacido en Tahití, preocupado por temas medioambientales y al que le gusta innovar en sus diseños. Reconoce influencias del manga como Totoro o Akira.

El cómic comienza cuando Albert se presenta en el centro de mando aliado de Salzburgo para entregarse. Es mayo de 1945 y la guerra en Europa ha finalizado. Durante el primer episodio del díptico los autores se apoyan  en los interrogatorios a los que someten a los hermanos Albert y Hermann Goring  para ir dándonos  a conocer sus vidas y andanzas mediantes flashbacks y algún conocedor de la familia. Es una parte más biográfica, su propia niñez, las relaciones con sus padres, la importancia en ellos de los cuentos y la mitología germánica, o su paso por la primera gran guerra, y posterior auge de Albert en el partido nazi.

Desde el principio los autores se esfuerzan en mostrarnos el profundo vínculo que une a los hermanos. Y probablemente pensaron que para poner en valor a Albert habría que conocer a Hermann, el héroe de guerra, el loco, el abducido por Hitler, y eso ocurrirá en esta primera parte de la obra.

En la segunda parte pasamos de los apuntes históricos a las acciones personales.  Albert trata de demostrar su rechazo desde los inicios a la causa nazi,  a pesar de que su hermano fuese un gerifalte del partido, mediante acciones públicas. Gracias a su posición  laboral va a viajar e intervenir sin mucha discreción para proteger a judíos y población en riesgo.

Dentro de lo interesante que puede resultar el conocer la vida de los Goring, que lo es,  lo más interesante es la relación existente entre ambos. La distinta ideología no logra romper los lazos de sangre, y los dos hermanos van a estar afectivamente vinculados hasta el final.  Hermann aparece como protector de Albert, no solo salvándole de sus acciones contra el partido nazi, sino también en el plano afectivo. Hay una escena en la cual Hermann  niega las matanzas en los campos de exterminio, aquí cada uno tendrá su propia lectura, la mía es que Hermann trata de salvaguardar precisamente esos vínculos. No quiere que su hermano le vea como  a un monstruo. Esa es la línea que no quiere sobrepasar.

Me ocurre algo con la obra, y es que mediante va discurriendo mi interés va trasladándose hacía Hermann.

Y vamos con más polémica.  Me ha llegado a “chirriar”  el tirar de privilegio de apellido para campar a sus anchas. Reconozco que quizá yo sea  injusto y que simplemente sea un prejuicio propio, que cada cual tiene sus herramientas, que no todo el mundo tiene las agallas, yo no las tengo, como para jugarse el pellejo sin red, que las vidas salvadas tienen el mismo valor independientemente de lo épico de su historia… pero me ha chirriado.

Los americanos no acabaron de creerse las historias de Albert y os diré que el final tiene tintes del clásico navideño “De ilusión también se vive” pero sin el departamento de correos de New York.

Resumiendo, tenemos un díptico de 96 páginas muy bien editado por Ponent Mon, en cartoné, sin ningún extra, a un precio de 24 euros, con una interesante historia, con un dibujo sobresaliente sobre todo en los paisajes, que apasionaran a los amantes de la segunda Gran Guerra, didáctico, y que nos deja un poso humano.  No hay pasión, no hay corazoncito de por medio, no hay un pellizco al cerrar el trabajo, pero es que la historia no creo que lo pretenda en ningún momento.

El hermano de Goring … papel gana a piedra, piedra gana a tijera, tijera gana a papel, y los lazos de sangre a las ideologías.

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El hermano de Göring

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