¿Qué harías si mañana te levantases como uno más entre los no muertos? Yo, y aunque pueda parecer poco glamuroso, lo tengo muy claro ya. Dejaría atrás sin pensármelo ni un segundo las batallas épicas, el bañarme con la sangre de mis víctimas y enemigos en una tina victoriana de patas doradas o enfundarme en unos pantalones de cuero demasiado ceñidos mientras paseo después del toque de queda en mi ciudad, nadie me va a alejar de la comodidad de un pantalón de pijama calentito. A lo que yo me dedicaría es a una cosa que me pone muy triste y que no puedo cambiar; como humana, por suerte o por desgracia, cuento con una cantidad de tiempo finita por lo que respecta a mi propia existencia lo que implica que invierto gran parte de este durmiendo (que ya os advierto que no es tanto como el que me gustaría), al trabajo y a otras menudeces como pueden ser alimentarme de mucho hummus o esperar a que el metro pase a su hora. Por esta sencilla razón, no voy a poder leer todo lo que me gustaría en esta vida así que aprovecharía el tiempo extra de la inmortalidad para poder cumplir una de mis fantasias; leerme todo lo habido y por haber, hacer pasto de mi lista de leídos todos los ejemplares que pueblan las baldas de la biblioteca que más cerca me pilla de casa. Esto lo digo ya con casi treinta años y sintiéndome cada día más viejoven (venerando los tuppers de caldo que mi madre me pasa casi con la misma actitud que los traficantes en el mercado del estraperlo) pero si me hubiese pillado siendo una adolescente cabreada como es el caso de Aspirina, nombre de nuestra protagonista pero también del tebeo, otro gallo cantaría.

Joann Sfar es uno de los pesos pesados en cuanto a autores franco-belgas con decenas de obras bajo su firma, considerado un autor polifacético (máquina, crack, tremenda figura si lo preferís), que sabe reinventarse o adaptarse a un sinfín de circunstancias. Si bien es cierto que los macarras de Fulgencio Pimentel nos traen un tebeo que tiene mucho que ver con la historia de Vampir (del que me gustaría hablar en otra ocasión y cuya tote bag no gané en un sorteo de la editorial rompiéndose así mi pobre corazón en siete cachitos) advierto a los lectores neófitos de esta historia y de los vampiros en general  la pueden leer sin problemas. Que no os de miedo, no os va a morder. Como ya he dicho, Aspirina (Aspi para los colegas) es una vampira adolescente condenada a verse atrapada en el barullo de emociones que todos sentimos durante esa época de nuestra vida durante toda la eternidad. Imaginaos el drama que eso implica, ser adolescente durante decenas de años (el acné permanente, la intensidad, los grupos malos de música que escuchábamos) es normal que nuestra querida protagonista esté cabreada con el mundo, deprimida y aburrida con las opciones de este.

El volumen encuadernado con unas tapas fucsia de las que es imposible apartar la mirada en la sección de novedades aglutina dos historias publicadas en el mercado franco-belga por separado, es decir, el tono entre ambas es diferente y casi que podemos notar una ligera variación en el estilo de Sfar. En la primera historieta el autor buceará en temas que ya son recurrentes en el imaginario de sus tebeos como puede ser la rebeldía adolescente contra todo aquello impuesto mientras que la segunda será más afín a la trama de aventuras que todos conocemos donde aparecerán unas serie de monstruos que harán las delicias de los más macabros. No me escondo, la primera parte me pareció deliciosa. Aspirina es, sin quererlo, una más entre millennials tristes (y pelirrojos) que estudian carreras de humanidades sin demasiadas salidas enfundada en par de botas de estilo militar, practicando mecanismos de escapismo (o de suicidio) que sabe que no darán sus frutos y empleando su tiempo pintando warhammers y siendo un hacha en lo que al rol se respecta.

Pese a que es la clara protagonista no estará sola, se rodeará de personajes que a los que hayamos leído alguna que otra obra de Sfar nos sonara como su hermana Josamicina que encarna el estereotipo de la hermana mayor perfecta, además de femme fatale, al que nos enfrentamos todas cuando somos la pequeña (y la cafre, la que rompe las deportivas jugando en el patio del recreo), un montón de personajes monstruosos como una mujer gritona hecha a pedacitos y otros de nuevos como Yidgor, el paradigma perfecto de estudiante de filosofía friki y que tiene pinta de ser otaku, pasando poco por la ducha cumpliendo así con los clichés, obsesionado con lo mágico (y aquí no hablo de pintar figuritas) y deseando que algo fuera de lo común ocurra en su vida. A mi esto también me pasa, pero a pequeña escala. Lo paranormal para mi sería encontrarme un billete de cincuenta euros por la calle, cobrar la nómina a tiempo o encontrar una ganga en el súper. Prioridades o senectud. Os dejo escoger.

Lo que no falta es el humor ácido y cargado de socarronería a los que nos tiene acostumbrados Sfar, que mezcla referencias entre lo más poético y lo mamarracho en un coctel de alto voltaje en el que cada viñeta es carne de cañón de la cuenta de Bajonasso con más menciones a la copa menstrual de las que solemos encontrar en cualquier tebeo. Menos mal que vamos a tener Aspirina para rato.

Aspirina, de Joann Sfar, un cartoné fucsia de 280 páginas a todo color traducido por Rubén Larín publicado por la gente bonita de  Fulgencio Pimentel por 26’50 €.

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Aspirina

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