A nadie le sorprende verme escribiendo sobre esta novela gráfica, ¿verdad? Si lo tuyo son las historias coming-of-age, la amistad, la familia y la diversidad creo que nos podemos llevar bien. Siguiendo la estela de Piruetas (Tillie Walden, 2016) con El beso número 8 nos adentramos en la historia de una adolescente de dieciséis años Amanda (Mads), que vive en un pequeño pueblo de Pensilvania y tiene una vida de lo más normal: estudia en un instituto católico privado (no me puedo ni imaginar el coñazo que debe ser llevar uniforme), va a misa cada domingo con sus padres para después irse a ver la liguilla de béisbol local, se hincha a maratones de series de ciencia ficción (la verdad es que tiene una pinta horrible) con el que considera uno de sus amigos más íntimos: su padre. Además, sus dos mejores amigas, y vecinas, son sus compañeras de clase y formaran un trio curioso donde Laura será la más seria e inocente (aburrida, incluso) mientras que Cat será el terremoto, el alma de la fiesta que siempre tendrá chicos y fiestas en la cabeza.

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Será por algo que escuche decir a su padre y una carta que llegará a su nombre a casa cuando la historia se desate, con un secreto que se le oculta y que pretenderá descifrar cueste lo que cueste y pese a la negativa de este. En medio de este caos, y de la situación tensa en casa, Mads buscará la compañía y el apoyo de Cat, quien suele escaparse pese a estar castigada a un garito donde suelen tocar aspirantes a punks y la gente va a morrearse y beber cerveza barata. Empujada por la confusión, nuestra protagonista (¿y quién no cuando tenía 16 años?) tomará algunas decisiones equivocadas que la pondrán contra las cuerdas con sus amigas y en la comidilla de todo el instituto. Mads no es etiquetada en ninguna página como lesbiana, en cambio, sí nos fijamos en las primeras y también en las últimas páginas seremos testigos de todas las personas a las que besará a lo largo de su vida, una especie de álbum de los recuerdos que enternecerá a más de uno (no he llorado, dejadme). La decisión de presentarla cómo alguien bisexual se puede encuadrar bien bajo la situación actual y la bifobia que parece imperar en nuestra sociedad, que tiende a invisibilizar o tachar de fase a las personas bisexuales.

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El tándem de Colleen AF Venable al guión y Ellen T. Crenshaw al dibujo nos regala una historia tierna y sencilla sobre lo complicado que es crecer a veces y seguir siendo fieles a nosotras mismas en un marco cercano. Está claro que todo el mundo es un poco imbécil en el instituto incluso llegando a ser crueles, pero algunos lo tienen más fácil que otros durante estos años especialmente si eres blanco heterosexual y cis. Las autoras se involucran en temas bastante candentes y problemas sociales pese a que se supone que estamos en 2004 (pero podría ser perfectamente 2019), siempre desde la órbita de un adolescente por lo que parece que sea tratado con más cuidado, como la heteronormatividad o la transición. No es un cómic de melodrama de instituto al uso (aunque probablemente me lo habría leído y me la habrían colado, no voy a mentir) pero si podría convertirse en una buena lectura durante esos años y para los lectores más adultos que no estén familiarizados con el  colectivo LGTBI+.

El beso número 8 engancha en una primera lectura (un viaje de tren y un rato después de dormir en mi caso) y estoy segura que admitirá relecturas. Como curiosidad, las autoras incluyen una pequeña entrevista en las últimas páginas donde nos cuentan cosas como que tal fue su vida en el instituto o su primer crush. ATENCIÓN FUTURA LECTORA: Que no te engañe una portada tan cuqui, se trata de una historia contundente y dura que te va a dejar sonriendo pero un poco triste.

El beso número 8: 324 páginas en blanco y negro de rústica con solapas por 19’90€. Como siempre, a mano de Ediciones la Cúpula.

 

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El beso número 8

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