Kimagure orange road fue desde marzo de 1984 hasta julio de 1997, fecha de publicación del primer capítulo de One piece, el manga en el que todos pensábamos cuando veíamos un sombrero de paja. Si bien es cierto que en la actualidad ha pasado a ocupar el segundo puesto en lo que a este aspecto refiere, todavía somos muchos los que recordamos el sombrero rojo de Madoka sobrevolando aquel centenar de escaleras, ¿o acaso eran solo 99…?

¡Bueno!, escalones aparte, la cuestión es que ese sombrero marcó el inicio de uno de los triángulos amorosos más entrañables y divertidos del manga de las décadas 80 y 90, así que refresquemos la obra a aquellos que ya la conozcan y presentémosla a los que se hayan adentrado hace poco en el mundillo.

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Izumi Matsumoto, quien por desgracia nos dejó el pasado 6 de octubre, es el mangaka detrás de esta historia. Con tan solo 22 años Matsumoto se trasladó a Tokio a finales de los 70 con pretensiones de convertirse en una estrella del rock, sin embargo, lo que nunca hubiera imaginado es que los pequeños trabajos de dibujo con los que subsistía cada mes serían los que terminarían por hacerle saltar a la fama. No obstante, la pasión por la música de Matsumoto no desaparecería trans consagrarse como mangaka, y podemos ser testigos de ella a lo largo de este primer tomo de Kimagure Orange Road.

Sin ir más lejos, tenemos el pub ABCB en claro homenaje al grupo de rock australiano AC/DC, el ambiente y la estética de los personajes de la ochentera discoteca Moebius o el reconocido gusto por la música rock de Kyosuke, el protagonista masculino de esta historia. Ya por último, la adaptación animada del manga realizada en 1987 por estudio Pierrot supondría el clímax en lo que a la pasión musical de Matsumoto refiere, y es que contó con una banda sonora espectacular.

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Kimagure llegó a España el año 1994 de mano de Norma editorial. Bajo el nombre Johnny y sus amigos (heredado de la adaptación italiana) y en el antiguo formato noventero comic-book, Kimagure estuvo en nuestros quioscos hasta el verano de 1996, año en que Norma canceló su publicación. No sería hasta 12 años más tarde cuando la ya extinta Glénat rescataría este nostálgico manga y nos los traería en su versión original recopilado en 10 volúmenes y traducido tanto en castellano como al catalán.

Con su reaparición en formato tomo Glénat nos devolvió a muchos la oportunidad de disfrutar hasta el final de este divertido shonen en el que viviremos el triángulo amoroso de Kyosuke, Madoka y Hikaru desde un punto de vista muy alejado de los shojo (al igual que ocurre con los romances de las obras de Rumiko Takahashi) que tanto se echa de menos en las obras de hoy en día.

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Si tuviera que definir brevemente Kimagure Orange road me vería obligado a decir que es un manga shonen, sí, pues fue serializado en la mítica Shonen Jump, pero acto seguido diría que es un slice of life de instituto capaz de hacernos experimentar (entre risas) la inocencia del primer amor de adolescencia y en el que incluso tienen cabida unos extraños poderes psíquicos que darán el toque “mágico” cuando sea necesario. La historia, que nos es narrada por el propio Kyosuke, comienza con el traslado (el séptimo de hecho) de este y su familia a una nueva ciudad.

La causa, los poderes sobrenaturales que poseen él y sus dos hermanas pequeñas, y es que a pesar de que estos son un secreto para el resto siempre hay alguien que termina por descubrir las barbaridades de que son capaces con ellos; la última, sin ir más lejos, que su hermana Kurumi corriera delante de toda su clase los cien metros lisos ¡en tan solo tres segundos! Es pues en busca del anonimato y la tranquilidad como Kyosuke llega al que será el instituto en el que conozca a la enigmática Madoka y la enérgica Hikaru, ambas amigas desde la infancia y causantes de que la vida de nuestro protagonista sea de todo menos anónima y tranquila desde su primer encuentro. A partir de aquí, ¡los buenos ratos están asegurados!

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Durante este primer tomo se nos presentan a los personajes principales de la historia, además de a muchos de los secundarios, y comienza a dibujarse el que será el contorno de un divertido triángulo amoroso. Uno de los motivos por los que Kimagure ha pasado a formar parte de la historia del manga es por la fuerte personalidad de sus personajes femeninos. En contraste con Kyosuke, que si no fuera por sus poderes psíquicos sería un chico completamente normal y corriente (como lo podríamos ser cualquiera de nosotros), Madoka y Hikaru son, cada cual a su manera, dos chicas explosivas que, sin perder ni un ápice de su feminidad, cuentan con garro suficiente para comerse el mundo por sí solas.

Remarco este último punto porque estamos hablando de un manga creado en los años ochenta en una sociedad con unos estereotipos fuertemente machistas como lo era la japonesa de aquel entonces. Hikaru, tal y como su nombre en japonés indica, es luz, y la inocencia y la pureza son los rasgos que mejor la definen.

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Madoka, en cambio, es un personaje más maduro, claroscuro, y repleto de enigmas que incrementan su atractivo por parte del lector. Considero que Madoka y Hikaru supusieron un paso adelante en lo que a personajes femeninos fuera del shojo refiere, y no puedo evitar acordarme nuevamente en este aspecto de algunos de los personajes creados por Rumiko Takahashi, como bien podrían ser Akane de Ranma ½ o Kyoko de Maison Ikoku. En cuanto al dibujo, la estética de Kimagure es muy ochentera, sin embargo, para nada guarda relación con la de algunos de los shonen más populares de aquella época como podrían ser Jojo’s no bizarre adventure, Hokuto no Ken o Saint Seya.

En Kimagure disfrutaremos de un dibujo mucho más amable, con personajes con apariencias y proporciones reales en los que detalles como el pelo o la ropa adquieren gran relevancia. Los uniformes del instituto, los pantalones cortos (y tan característicos de los japoneses) que Kyosuke viste en las escenas de clima cálido o la gran variedad de modelitos que Madoka y el resto de las chicas vestirán según la ocasión son uno de los muchos deleites de “sencillez” que este manga ofrece, una sencillez esta que me ha evocado ineludiblemente a algunas de las obras costumbristas de Jiro Taniguchi.

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Cuando pienso en Kimagure lo primero que me viene a la cabeza son bonitos recuerdos de infancia seguidos de una sonrisa, el sonido de las cigarras en un caluroso día de verano o la alegría de compartir una tarde con mis amigos de toda la vida. Espero que esa misma sonrisa que a mí me saca siempre este manga sea la que los “veteranos” que conociesen la obra hayan puesto leyendo este breve homenaje, y que a aquellos que la desconocían les haya despertado lo suficiente la curiosidad como para querer saber un poquito más sobre esta entrañable y divertida historia.

Ciertamente, tenía la ligera esperanza de que, tras el reciente fallecimiento de Matsumoto sensei, alguna de nuestras editoriales nos sorprendería durante el pasado Manga Barcelona anunciando la vuelta de esta obra, que actualmente se encuentra descatalogada. Por el momento ello no ha sido así, pero estoy convencido de que pronto volveremos a toparnos con este magnífico manga en nuestras librerías, y es que Kimagure es una de esas obras atemporales que nunca dejarán de tener cabida en nuestras estanterías.

Kimagure Orange road, un shonen, slice of life, humor, instituto y de romance, publicado originalmente por Glénat en 10 volúmenes en una rústica con sobrecubiertas.

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Kimagure Orange Road

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